viernes, 23 de abril de 2010

Urnas, luego presidentes

Ser presidente ha de ser un embrollo gordísimo. No lo imagino siquiera. Como no lo he pretendido, ni lo pretendo, se me torna un tanto inextricable el camino de esos seres signados para semejante proeza. En mi visión, a no dudarlo idílica, imagino que capacidad, información, valentía, sagacidad, lucidez, probidad, justeza, altruismo, simpatía han de ser los atributos más visibles de quien quiera presidir. Y eso es un fardo muy pesado para los seres comunes e imperfectos que, en la mayoría, somos.
Sin embargo, la necesidad de un titular para ejercer el poder administrativo de cualquier país, en el cual los ciudadanos tengan la posibilidad de elegirlo, es imprescindible. Y, precisamente, el poder que otorga tal jerarquía puede deslumbrar y desbordar de aspiraciones a cualquiera, pero no todos debemos cometer la necedad de pretenderlo, porque también implica una carga de responsabilidad, eficiencia y transparencia en su ejercicio que requiere de cierta excepcionalidad.
La presidenciabilidad, a mi juicio, estriba en ese cúmulo de cualidades que hacen del titular elegido un verdadero servidor de la sociedad y no un déspota engreído capaz de traicionar la confianza que ha sido depositada en él. No es a tiranizar que va un presidente elegido al poder. No es a dilapidar los fondos públicos, a enriquecerse con ellos; es a promover gestiones económicas eficaces que redunden en el desarrollo económico y social de la nación. No es a eternizarse en el poder a lo que va un presidente elegido para ejercerlo por un período determinado de gobernación, es a garantizar la continuidad de la democracia con su actitud digna frente a la transferencia de poder a su sucesor. No es a abolir la alternancia y la transferenciabilidad del poder a lo que va un elegido a la presidencia. No es a eliminar o entorpecer el ejercicio de los otros poderes del Estado a lo que va. No a establecer el nepotismo o las exclusiones. Va simplemente a cumplir con un deber ciudadano para el cual ha sido elegido por el resto de la ciudadanía, a servirla. Y no creo que todos tengamos esa capacidad de entrega, y hasta de sacrificio, si se me admite el término.
Siendo así, y aquí es donde el cerdo tuerce la cola, no veo la razón para estar preocupado por si alguien es presidenciable o no. A mi modo de ver, ya lo dije, un tanto romántico, lo verdaderamente importante es la posibilidad de elegir. Cuando el ciudadano puede elegir, el Presidente, bueno, regular o malo, es presidente mientras el ciudadano lo desea y lo permite. En el caso cubano --motivo de mi reflexión-- lo trascendente no se encuentra en la cantidad de personalidades que puedan ser presidenciables, que mientras más y diferentes mejor, sino en la necesidad, urgente, de darle a la ciudadanía la posibilidad de elegir entre una gran multitud de personalidades presidenciables que se han ido acumulando a lo largo de 53 años sin esa posibilidad.
La tarea, impostergable, de todos los presidenciables junto a todos los cubanos comunes, entre los cuales me cuento, es conseguir la posibilidad de elegir en Cuba. Mientras no podamos elegir, toda presidenciabilidad no es otra cosa que onanismo político o quimera nostálgica y añorada. La presidenciabilidad se materializa únicamente en la competitividad política frente a las urnas. Entonces hay que conseguir primero las urnas porque hombres capaces, informados, valientes, sagaces, lúcidos, probos, justos, altruistas, simpáticos, sobran en Cuba y el exilio.

jueves, 22 de abril de 2010

Otro símbolo para la nostalgia

Viven muy felices,
no digo yo...
Los que repiten la lección como aprendices,
los que no buscan más allá de sus narices
viven muy felices

Lo peor no es morirse, sino, no morirse a tiempo. Los amados de los dioses mueren temprano, aseguraban los griegos. A fin de cuentas todos nos morimos como hemos vivido. Lo que dejamos, si es que acaso dejamos algo, material o espiritual, sólo es herencia para la nostalgia.
La vida es real, como una piedra, y se esculpe hasta la belleza o el desastre. El pasado es ceniza. Al pasado sólo se va cuando queremos revolver y utilizar sus restos para un presente que ya está siendo pasado y será también cenizas.
El ser humano que se fue es eso: lo ido, lo que vivió, la manera en que usó la vida, y para qué. Sustancia inerme para ser evocada y hasta utilizada, según quien apele a ella.
El que se fue no puede, aunque se lo haya propuesto en vida, regentear a aquellos que viven de otro modo, en otro tiempo y que también pretenden dejar la muesca de su paso por la vida, a lo sumo puede servir de instrumento para que otro se erija sobre él, ejercer una influencia rentable para quien la busque.
Silvio Rodríguez es ese pasado, sólo que aún tiene ansias, quién sabe si es que no era tan amado por los dioses como algunos creímos alguna vez, pero este tiempo es otro, son otras las intenciones/ y son otras la palabras/ en la frente y en la lengua/ de la juventud temprana.
En el momento en que fue convocado respondió a los heraldos que moriría como había vivido. Creyó que se le convocaba para darle un sitial. Erró. El tenía ya el sitial. Y era alto, y lo admirábamos. Por eso se le convocaba. No confió. Tenía miedo de perderlo, cuando bien valía la pena, se podía, quizás, alcanzar otro más alto, los seguidores se contaban entonces por centenares de miles.
Pero no dio el salto. Explicó que se le convocaba a tanta mierda. El tiempo pasó, implacable, aplastante. El tenía razón, no sabía lo que era el destino. Nadie lo sabe. Layo creyó saberlo. Se lo vaticinó el Oráculo de Delfos. Quiso torcerlo y murió asesinado por Edipo. Y eso sí lo sabía Silvio. Quizás por ello ande ahora ciego y errante por una Coloma arruinada. Convocarlo es tardío. Ya para sus seguidores también el tiempo pasó implacable, aplastante. No llegan a mil. Sumarlo sí. Tiene una obra valiosa, ya símbolo de una nostalgia sustituta de la más vieja aún.

Abrazos de regreso

Cuando regrese a Cuba, si es que –como les ha ocurrido a muchos buenos luchadores cubanos —no he muerto antes, no será a Silvio Rodríguez a quien abrace.
Le llevaré un primer abrazo a Héctor Maseda, liberal coherente y de cepa que en medio del juicio en el que un fiscal solicitaba para él 20 años de prisión, mientras el supuesto jefe de los liberales en Cuba flaqueaba, dijo con voz serena que él había sido liberal, era liberal y moriría liberal, y luego de siete años de cárcel ha mantenido su palabra.
Le llevaré un abrazo a Próspero Gainza Agüero, un guajiro recio y auténtico que ahora mismo cumple 25 años de cárcel y que será un buen ejemplo para las batallas nuevas que habrán de librarse entonces.
Le llevaré un abrazo a Juan Carlos Herrera Acosta, un periodista independiente que extingue una condena de 20 años por serlo bajo la ruda mordaza de los Castro y lo será ante atropellos, manipulaciones, falsos encumbramientos, corrupciones y clientelas futuras, y entonces no se podrá ponerlo preso.
Le llevaré un abrazo a Regis Iglesia, un poeta sin ínfulas ni poses de dómine que, desde la cárcel misma ha arrancado a la palabra y a la belleza sus más altos registros y de quien no se puede decir que rima mal pero lucha bien, porque ha hecho las dos cosas con excelsitud.
Le llevaré un abrazo a Adolfo Fernández Saínz, exquisito ser humanos, pensador sereno y lucido periodista que ni en la brutalidad de la cárcel ha perdido su compostura, lealtad a su familia y amor a su país.
Le llevaré un abrazo a Ángel Moya Acosta y a Normando Hernández, a Antonio Díaz Sánchez y a Oscar Elías Biscet. Le llevaré un abrazo a Pedro Argüelles Morán y a Pablo Pacheco, a Librado Linares y a Blas Giraldo Reyes. Le llevaré un abrazo a cada uno de los 75, y luego que todos juntos vayamos a darle un abrazo simbólico a Miguel Valdés Tamayo y a Orlando Zapata Tamayo en sus tumbas, mi otro abrazo sería para cada una de las Damas de Blanco.
Le llevaré un abrazo a cada opositor honrado que haya batallado contra lo que Silvio Rodríguez ha defendido y representa, le llevaré un abrazo al pueblo cubano que para entonces no escuchará al viejo trovador sino que abarrotará los espacios donde Gorkí Águila y Los Aldeanos y otros grupos hoy sin escenarios ni pasaportes sean los que eleven la nueva canción.
A Silvio Rodríguez no lo abrasaré, pero tampoco lo abrazaré, a lo sumo, escucharé algunas de sus canciones que son joyas de la lírica trovadoresca cubana, pero no gastaré mi tiempo en abrazar a quienes no supieron a tiempo abrazar las necesidades y los ideales de su pueblo. Que vivan, traten de ser felices, pero sin mi abrazo.